Que se mueran los cactus.

A veces nos empeñamos en cuidar lo que más daño nos hace. En mantener un “mal menor”, o incluso en disfrazarlo de bien. Eso tu mente se lo cree un rato. Pero el corazón no se lo traga, porque es el más listo de todos. En ese instante tu intuición ya dibuja una sonrisa que reza “te lo dije” mucho antes de que todo se caiga. Pero la mente guarda demasiados miedos, y cree que nos protege cuando en realidad nos está encerrando en una cárcel.

“Se me ha muerto otro cactus” me decía. Ya iban varios. Inconscientemente lo dejaba morir. Pero se sentía un desastre por no mantenerlo con vida. Tal vez hasta culpable. Los cactus deben regarse muy poco. Si está en maceta, cada 15 días dejando una semana sin agua de por medio. En verano, si vemos el substrato seco también hay que regarlos. Y cuando la temperatura esté por debajo de 10 grados no hay que hacerlo. Parece sencillo y poco costoso mantener con vida esta planta. Pero se morían. Uno tras otro.

¿Pero por qué otro cactus? Se empeñaba en mantener a su lado la planta que pincha. Para gustos los colores, pero el espejo era tan claro… ¿Por qué nadie regala cactus cuando quiere demostrarle amor a otra persona? Porque los cactus no se pueden abrazar. Bueno, poder, poder… Sí. Pero si no quieres parecer un ser agujereado lleno de heridas mejor abrazar rosas. Y a mí me parecen más bonitas, por cierto.

Creemos que no hay nada mejor que lo que es nuestro y se ha convertido en rutina. Esa es la definición de apego. Más o menos acentuado, pero es así. Para qué conocer nuevos mundos si no sé cómo son. Eso aterra. Algo dentro te dice que debes hacerlo, incluso la vida te manda señales constantemente pidiendo saltar y dejarlo todo atrás, pero ese vértigo… Ese vértigo. Para qué desprendernos del mal menor, si es nuestro mal menor. Si ya lo conocemos. Hasta hemos identificado sus patrones de conducta para que nos afecte lo menos posible (o eso creemos) a nivel negativo. Firmamos un contrato en donde se nos dice que la vida no será especialmente feliz, pero que a cambio sabrás el por qué. Lo tendrás identificado. Somos unos cobardes.

No estamos aquí para salvarle la vida a los cactus. Estamos aquí para regar las rosas más bonitas de este mundo. Para contemplar lo que es bello, para abrazarlo, y sentirlo fruto de nuestro esfuerzo e implicación. Para verlo crecer y ser parte de ello. Nos empeñamos en mantener con vida cactus a los que abrazar. Y todavía nos sorprende vernos heridos cuando nos miramos en el espejo justo después. “Te lo dije” parece oportunismo después de pincharte. Pero tú ya lo sabías antes. Tendrás que curarte las heridas. Y habrás perdido en el camino un tiempo valiosísimo mientras alguien, tal vez, está recibiendo un ramo de rosas que era para ti.

Sin riesgo no hay victoria real. Y sin vértigo nada vale la pena de verdad en el juego de la vida. Porque las mejores cosas no se planean. Se intuyen y se intentan. Porque vinimos a sentir. No a vagar por aquí protegiéndonos de pinchazos que nosotros mismos nos estamos provocando. Que se mueran los cactus. Y que pongas en el libro de tu vida un pétalo como punto de lectura. Es casi poético ver el sentido doble que guarda una herida, porque al mirarla nos está diciendo: aquí dolió, aquí sanó. Porque hasta la rosa más bella, tuvo espinas cuando nos enamoramos de ella por primera vez.

 

 X.

IMG_6507.JPG

Comment