La vida son suspiros. 

Esos que esperas poder hacer algún día y luego nunca llegan. Esos que llegan sorprendiéndote, y mejorando los que imaginaste hacer. Esos que nunca quisiste hacer. 

La vida es un suspiro.

Ese espacio de tiempo breve. La conciencia real de que algo que está produciéndose, a la vez, está dejando de producirse, a algunos les entristece. Otros nunca llegarán a valorar las consecuencias de tal aparente fragilidad universal. Y si los Dioses eternos en su naturaleza y de existencia infinita pudieran envidiar algo de nosotros, sería precisamente eso. Somos mortales. Nunca volveremos a reír a carcajadas brindando en esta noche en la Toscana. Nunca volveremos a besarnos en este martes soleado en nuestra cama. Nunca volveremos a celebrar este 30 cumpleaños con todos los que queríamos que estuvieran aquí. Los Dioses deben envidiarnos porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más bello porque hay un final.

Colecciona suspiros.

Esa aspiración fuerte y prolongada, seguida de una espiración profunda. Y todo sucede dentro. Pena, incertidumbre, dolor, alivio, deseo, felicidad. No los controlamos y no los provocamos. Y así debe ser. De alguna forma, un suspiro es una bandera que levantamos sin saberlo. A veces izada triunfante, otras a media asta. Pero tener bandera es vivir. No imagino un mundo sin las peores ni las mejores emociones. Vividas al máximo, intentando descifrar sus mensajes. Porque todos buscamos banderas en las que identificarnos. Porque todos buscamos emociones en las que abrazarnos. Una vida evitando ser etiquetado, ser dañado o ser juzgado, es una vida sin suspiros. Y también es un largo suspiro que ahoga. Porque con banderas identificamos a las personas que nos harán más felices. Porque una bandera nos recuerda por qué queremos viajar a ese lugar. Porque a veces hay que enseñar una bandera para que alguien nos rescate. 

 

X.

 

espiral-de-la-vida.jpg

5 Comments