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Demasiado para ser suficiente

Mil palabras se mezclaban y parecían tantos hablando a la vez…

Logré, entre tanta locura, encontrar un silencio. Y entonces empecé a escucharlas bien.

Alguien le pedía perdón a la vida por las veces que no la vivió.

Otro entendió que hoy era el mañana que tanto le preocupaba ayer.

Ella supo que el problema era que creía que tenía tiempo.

Él seguía asustado porque lo prometido era duda.

Alguno se debía tantas disculpas…

Otra vio que esperar no era la mejor forma de ser libre.

Uno comprendió que regalando su tesoro también era pobre de espíritu.

Alguna quiso dejar de llegar a todos a la vez, para poder llegar a alguien alguna vez.

Ah.

Y también alguien pedía que apagaran las luces y encendieran las estrellas.

Cuando todo cesó, hablé yo. Y fui consciente de que la voz que salía de mi boca era la misma que había escuchado pronunciar todas esas frases antes. Éramos nosotros desde el principio.

Nosotros antes o nosotros después. El tiempo aquí no lo curaba todo y parecía que importaba menos.

Pronuncié algo que nunca supe si era para mí o para ti.

No te adaptes a lo que no te hace feliz. Porque los ojos no brillan hablando de cualquiera.

Eres demasiado para ser suficiente.

X.

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Que se mueran los cactus

Que se mueran los cactus.

A veces nos empeñamos en cuidar lo que más daño nos hace. En mantener un “mal menor”, o incluso en disfrazarlo de bien. Eso tu mente se lo cree un rato. Pero el corazón no se lo traga, porque es el más listo de todos. En ese instante tu intuición ya dibuja una sonrisa que reza “te lo dije” mucho antes de que todo se caiga. Pero la mente guarda demasiados miedos, y cree que nos protege cuando en realidad nos está encerrando en una cárcel.

“Se me ha muerto otro cactus” me decía. Ya iban varios. Inconscientemente lo dejaba morir. Pero se sentía un desastre por no mantenerlo con vida. Tal vez hasta culpable. Los cactus deben regarse muy poco. Si está en maceta, cada 15 días dejando una semana sin agua de por medio. En verano, si vemos el substrato seco también hay que regarlos. Y cuando la temperatura esté por debajo de 10 grados no hay que hacerlo. Parece sencillo y poco costoso mantener con vida esta planta. Pero se morían. Uno tras otro.

¿Pero por qué otro cactus? Se empeñaba en mantener a su lado la planta que pincha. Para gustos los colores, pero el espejo era tan claro… ¿Por qué nadie regala cactus cuando quiere demostrarle amor a otra persona? Porque los cactus no se pueden abrazar. Bueno, poder, poder… Sí. Pero si no quieres parecer un ser agujereado lleno de heridas mejor abrazar rosas. Y a mí me parecen más bonitas, por cierto.

Creemos que no hay nada mejor que lo que es nuestro y se ha convertido en rutina. Esa es la definición de apego. Más o menos acentuado, pero es así. Para qué conocer nuevos mundos si no sé cómo son. Eso aterra. Algo dentro te dice que debes hacerlo, incluso la vida te manda señales constantemente pidiendo saltar y dejarlo todo atrás, pero ese vértigo… Ese vértigo. Para qué desprendernos del mal menor, si es nuestro mal menor. Si ya lo conocemos. Hasta hemos identificado sus patrones de conducta para que nos afecte lo menos posible (o eso creemos) a nivel negativo. Firmamos un contrato en donde se nos dice que la vida no será especialmente feliz, pero que a cambio sabrás el por qué. Lo tendrás identificado. Somos unos cobardes.

No estamos aquí para salvarle la vida a los cactus. Estamos aquí para regar las rosas más bonitas de este mundo. Para contemplar lo que es bello, para abrazarlo, y sentirlo fruto de nuestro esfuerzo e implicación. Para verlo crecer y ser parte de ello. Nos empeñamos en mantener con vida cactus a los que abrazar. Y todavía nos sorprende vernos heridos cuando nos miramos en el espejo justo después. “Te lo dije” parece oportunismo después de pincharte. Pero tú ya lo sabías antes. Tendrás que curarte las heridas. Y habrás perdido en el camino un tiempo valiosísimo mientras alguien, tal vez, está recibiendo un ramo de rosas que era para ti.

Sin riesgo no hay victoria real. Y sin vértigo nada vale la pena de verdad en el juego de la vida. Porque las mejores cosas no se planean. Se intuyen y se intentan. Porque vinimos a sentir. No a vagar por aquí protegiéndonos de pinchazos que nosotros mismos nos estamos provocando. Que se mueran los cactus. Y que pongas en el libro de tu vida un pétalo como punto de lectura. Es casi poético ver el sentido doble que guarda una herida, porque al mirarla nos está diciendo: aquí dolió, aquí sanó. Porque hasta la rosa más bella, tuvo espinas cuando nos enamoramos de ella por primera vez.

 

 X.

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Amar, morir y renacer

Sobre amar, morir y renacer.

Hoy en día, parece que la apariencia sea más importante que la esencia. Son tiempos retorcidos donde detectar el valor y la verdad se hace tan complicado, que cuando lo logramos el placer es eterno. La erótica de la esencia. Y nuestra esencia es un abrazo entre luz y sombra. Brillo y oscuridad.

La apariencia que pide este mundo no te permite caer. Es un pecado. No te permite declararle una guerra a tu otro yo. Y si lo haces, te señala y te pone en el bando perdedor. Qué idiota es este mundo a veces… Y qué ignorante es la apariencia. Lástima por ellos, que jamás librarán esa batalla compleja que nos lleva a exprimir el máximo de nuestra profundidad. Porque no hay fortaleza sin aceptar el miedo. Una catarsis real solo nace desde la oscuridad.

A veces hay que tocar fondo para encontrar el camino que te lleve a lo más grande. No es fácil. Y suele ser un viaje solitario y silencioso, rodeado de máscaras y música. Pero nuestra próxima gran versión de nosotros mismos nos espera al otro lado del proceso de sombra. Además, limpia. Aparta de tu camino lo innecesario. Desenmascara a las personas. Te destierra, preparándote para reinar en el siguiente nivel.

El sabio dijo que es imposible renacer si antes no has quedado reducido a ceniza.

“Como las personas, las estrellas nacen, crecen y mueren. Sus lugares de nacimiento son enormes nubes frías formadas por gas y polvo, conocidas como 'nebulosas'. Estas nubes comienzan a encogerse por obra de su propia gravedad.

A medida que una nube pierde tamaño, se fragmenta en grupos más pequeños. Cada fragmento puede finalmente volverse tan caliente y denso que se inicia una reacción nuclear. Cuando la temperatura alcanza los 10 millones de grados, el fragmento se convierte en una nueva estrella.”

Por lo tanto, para que una estrella nazca hay una cosa que debe suceder: una nebulosa gaseosa debe colapsarse. Desmoronarse. Y, a priori, destruirse.

Entonces, puede que caer no sea un pecado. Y morir sea la única posibilidad para renacer. A veces marcharte es lo único que te permite volver. Puede que entonces veamos claro que sin sombra no hay brillo y que perderse es, a la vez, encontrarse.

Nada que valga la pena será sencillo. Nadie que valga la pena lo habrá tenido fácil. Y es que tal vez, esa sea la clave para encontrar el camino más feliz y descubrir a las personas más valiosas.

La luz es fácil de amar. Enséñame tu oscuridad.

X.

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Tu próximo gran recuerdo

Qué bonito es el recuerdo.

Cuando le das más importancia a lo que aporta, que a lo que destruye.

Cuando abrazas a la verdad, en vez de inventar una excusa antiinflamatoria. 

Cuando permites que sea, antes de obligarte a borrarlo.

Cuando te ves en él, y no rompes el espejo.

Y qué valiente es recordarlo.

Sin los arañazos del miedo.

Sin las mentiras del complejo.

Sin la maldad de la rabia.

Sin la máscara del ego.

Qué bonito es el recuerdo así.

Que te abre la puerta correcta.

Que te viste de gala en la noche menos pensada.

Que te regala el lienzo en blanco. 

Que te recuerda quién eres, cuando tú lo has olvidado.

Y es bonito así.

Porque así es como empieza la historia de tu próximo gran recuerdo. 

X.

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Feliz fin

Fin del inicio.

Fin de aquello que parecía importante.

Fin de lo que importaba de verdad.

Fin del todo saldrá bien.

Fin de lo difícil.

Fin de lo que estaba por llegar.

Fin de este año vamos a. 

Fin del ¿Y si...?

Fin del hay que seguir.

Fin de la felicidad en dosis improvisadas.

Fin de la lejanía en la meta.

Fin del plan. 

Fin del prefiero intentarlo.

Fin del no te rindas.

Fin del te imaginas. 

Fin de lo que ojalá.

Fin del sin ti no quiero.

Fin del viaje.

Fin del fin. Es:

Inicio. De todo eso. Y mucho más.

Feliz fin (de año)

X. 

 

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Lo que me gusta (y lo que no)

Me gusta cruzarme con gente que transmite luz. Y siempre que puedo me gusta pasar tiempo con esas personas. Y aprender de ellas.

Me gustan los que encuentran su felicidad en la felicidad de la gente.

No me gusta la gente que utiliza una lupa constantemente para examinar a los demás. Me gusta la gente que utiliza un espejo para examinarse a sí mismo e intentar ser cada día mejor. 

Me gustan los que valoran lo importante y no crean un drama de cualquier nimiedad. Los que hacen la vida un poco más fácil a los demás. A los que hacen lo contrario a diario, les compadezco. Cuando se arrepientan será demasiado tarde. Y no hay nada peor que querer recuperar algo que desaparece a cada segundo que pasa: el tiempo.

Me gusta la gente que arriesga. Y es que quien arriesga siempre tiene algo que perder, pero sólo el que arriesga conoce la satisfacción de ganar de verdad.

Me gustan los que ven sus caídas como aprendizaje o nuevas posibilidades. No me gustan los que centran sus frustraciones y sombras en los demás, aferrándose a un pasado que fue mejor. Una persona inteligente se repone pronto de un fracaso. Un mediocre jamás se recupera de un éxito.

Me gusta la gente que construye. Los que piensan en grande. 

Los que destruyen sólo para seguir en pie, algún día mirarán a su alrededor y sólo verán desierto. Y en el desierto nadie quiere construir. Seguir en pie en medio del desierto es pensar en pequeño.

Me gustan los que hacen equipo. Los que saben que estando rodeados de los mejores, serán mejores. No me gustan los que ven amenazas constantes en gente cercana con talento, y centran sus esfuerzos en tapar méritos, en vez de intentar que todos brillen. Cuando una persona tóxica no pueda controlarte, buscará controlar la forma en cómo otros te ven. 

Y me encantan los valientes. Los que tienen la personalidad suficiente como para actuar siempre según sus principios. Los que no tienen una colección de máscaras. Los que salen del rebaño. El dark horse, el patito feo, el caballero oscuro. Esos siempre han sido criticados, apartados y envidiados por el mediocre rebaño, pero son los que dejan huella. Esos tienen magia. Esos cambian las cosas. Esos me gustan.

X.

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Prefiero suspirar

La vida son suspiros. 

Esos que esperas poder hacer algún día y luego nunca llegan. Esos que llegan sorprendiéndote, y mejorando los que imaginaste hacer. Esos que nunca quisiste hacer. 

La vida es un suspiro.

Ese espacio de tiempo breve. La conciencia real de que algo que está produciéndose, a la vez, está dejando de producirse, a algunos les entristece. Otros nunca llegarán a valorar las consecuencias de tal aparente fragilidad universal. Y si los Dioses eternos en su naturaleza y de existencia infinita pudieran envidiar algo de nosotros, sería precisamente eso. Somos mortales. Nunca volveremos a reír a carcajadas brindando en esta noche en la Toscana. Nunca volveremos a besarnos en este martes soleado en nuestra cama. Nunca volveremos a celebrar este 30 cumpleaños con todos los que queríamos que estuvieran aquí. Los Dioses deben envidiarnos porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más bello porque hay un final.

Colecciona suspiros.

Esa aspiración fuerte y prolongada, seguida de una espiración profunda. Y todo sucede dentro. Pena, incertidumbre, dolor, alivio, deseo, felicidad. No los controlamos y no los provocamos. Y así debe ser. De alguna forma, un suspiro es una bandera que levantamos sin saberlo. A veces izada triunfante, otras a media asta. Pero tener bandera es vivir. No imagino un mundo sin las peores ni las mejores emociones. Vividas al máximo, intentando descifrar sus mensajes. Porque todos buscamos banderas en las que identificarnos. Porque todos buscamos emociones en las que abrazarnos. Una vida evitando ser etiquetado, ser dañado o ser juzgado, es una vida sin suspiros. Y también es un largo suspiro que ahoga. Porque con banderas identificamos a las personas que nos harán más felices. Porque una bandera nos recuerda por qué queremos viajar a ese lugar. Porque a veces hay que enseñar una bandera para que alguien nos rescate. 

 

X.

 

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